Álvaro Gutiérrez y el Bogotazo
Corría el año de 1948, era un viernes caluroso, de esos días de abril donde rara vez el sol se asoma, y las nubes no aparecen, anunciando tal vez, ese maravilloso fin de semana por venir.
Álvaro Gutiérrez, era un joven de dieciocho años, que hasta ahora empezaba a vivir, la adrenalina y la fortaleza corrían por sus venas, era un joven apuesto, estudiante de contabilidad, procedente de una familia decente, hijo único del matrimonio del Señor Bonifacio Gutiérrez y la Señora Evangelina Martínez, se podría decir que era un buen partido, pues muchas muchachas del vecindario donde vivía, lo perseguían.
Esa mañana se levantó, miró un calendario y se ubicó en la fecha: era el 9 de abril, día en que había quedado de encontrase con sus amigos del instituto de contabilidad para estudiar, así que entró al baño, se miró al espejo y vio la barba corta que le había crecido desde el día anterior,- pues todos los días se afeitaba, se bañó y salió de su cuarto.
Al llegar al comedor se encontró con sus padres, Bonifacio, un hombre serio y profundamente conservador lo saludó como todas las mañanas lo hacía:
- Quiubo mijo ¿cómo amaneció?
- Bien papá, ¿y usted?
- Pues ahí será, ¿va a ir a estudiar hoy?
- No, pero ahora más tarde me voy a encontrar con los pelados para estudiar.
El desayuno transcurrió en silencio, cuando acabó, volvió a su cuarto para terminar de arreglarse, se puso a estudiar, y a cuadrar su itinerario del día. Miró el reloj y se dio cuenta que ya eran las doce y media, así que tomó el dinero de la mesita de noche, lo guardó en la billetera, salió de su casa y le hizo la parada a un bus que lo llevaría rumbo al centro, se subió y se sentó en una de la bancas que se encontraba desocupada, miró por la ventana, las calles pasaban, el bus se fue muy rápido, y pronto llegó a la carrera trece, a la altura de cafetería la Capuchina. De pronto la gente que se encontraba fuera del bus empezó a correr de un lado para otro y un hombre de los que se encontraba en la calle se subió al bus y gritó:
-¡Bájense todos! Mataron a Gaitán-
Los pasajeros del bus se miraron extrañados, nadie entendía realmente qué era lo que había pasado, pero el hombre continuaba gritando, así que todos los que iban en el bus se bajaron y Álvaro hizo lo mismo, se bajó del bus y empezó a subir hacía la carrera séptima, y aunque todavía no entendía qué había sucedido, su espíritu liberal –pues en esos días el liberalismo estaba tomando mucha fuerza entre los jóvenes de la época- lo obligaban a averiguar qué le había pasado a Gaitán.
Al llegar a la carrera séptima, frente al edificio de El Tiempo, la gente aún hablaba de los eventos que habían ocurrido hacía pocos minutos, algunos decían que habían matado a Gaitán, otros aseguraban que no estába muerto y que se lo habían llevado para la Clínica.
Todos los liberales que se encontraban allí, incluyendo a Álvaro se fueron en masa hacía la Clínica Central ubicada en la calle 13 con carrera cuarta, al llegar, se aglutinaron en las puertas, la noticia de que Gaitán sí había muerto fue transmitida, y las puertas de la clínica cerradas, pues el desorden público ya era insoportable, las mujeres gemían y lloraban, todos gritaban y corrían de un lado a otro, la desesperación se empezó a convertir en rabia y la gente a transformarse en bestia.
Álvaro comenzó a devolverse hacía la carrera séptima, la gente continuaba corriendo y gritando, pero esta vez todos se unían al coro que decía: - ¡Muerte a los conservadores!-. Un grupo de gente se reunió en torno a un hombre que yacía tirado en el suelo, Álvaro se acerco con sutileza, y preguntó a uno de los que observaba:
- ¿Quién es ese?
- Roa, el maldito que mató a Gaitán
- le respondieron-.
Todos pateaban y escupían al individuo, los lustrabotas cogieron las cajas donde guardaban el betún, y comenzaron a golpearlo en el rostro, la sangre era evidente, Roa ya estaba muerto, pero su cuerpo, aún tibio, era masacrado por aquellos que lamentaban profundamente la muerte del líder liberal, las patadas rebotaban en aquél cuerpo sin vida, y las maldiciones se revolvían con la sangre del agresor. De pronto alguien gritó:
- ¡que lo cuelguen en la Plaza de Bolívar!
Dicho y hecho, lo tomaron de los pies y lo arrastraron por toda la carrera séptima, Álvaro se fue con la muchedumbre, a su alrededor oía el llanto de las mujeres, que no dejaban de gritarle al cuerpo de Roa, ¡Asesino!.
En la plaza de Bolívar había muchos policías, debido en gran parte a la Conferencia Panamericana que allí se estaba realizando, al ver el desorden que se estaba generando, y la manera salvaje en que llevaban el cadáver de Roa, los miembros de la policía comenzaron a disparar tiros al aire, fue en ese momento en que Álvaro recapacitó, el peligro era inminente, y el riesgo que estaba corriendo también, así que se devolvió al edificio donde habían matado a Gaitán y posteriormente a Roa, la gente observaba el charco de sangre, ya ni siquiera sabían si la sangre era la de Gaitán o la de Roa, pues ambas habían sido derramadas.
La gente estaba loca, el pánico rondaba las calles del centro, sólo se oía un eco mortal: - ¡Abajo el partido conservador!. Un hombre cogió un palo y rompió las vitrinas de una tienda, y la histeria general se apoderó de la muchedumbre, que se transformó en vándala y que comenzó a robar todas las tiendas del rededor. De pronto un grupo de aproximadamente treinta se subió a un tranvía, se cogieron de los bordes y comenzaron a balancearse, provocando que se cayera, acto seguido le prendieron fuego.
Álvaro observaba desde lejos, se metió en los túneles que atraviesan la carrera séptima, pues dentro se encontraba el café donde había quedado de encontrase con sus amigos, bajó y los buscó, pero el sitio estaba desolado, ni siquiera había un alma, toda la gente había subido para tratar de hacer justicia por sus propias manos.
En ese entonces el tiempo había pasado y ya eran las cinco de la tarde, había comenzado a llover, y la destrucción del centro era evidente, muchos tranvías continuaban ardiendo, las tiendas ya no tenían ni un artículo en sus vitrinas, y Álvaro ya no sabía como irse para su casa, pues no había transporte público y por la carrera séptima sólo había tráfico de personas que aún comentaban los hechos. Le figuró irse a pie hasta su casa, que estaba ubicada cerca al cementerio de Chapinero, aproximadamente en la carrera 38.
Tomó la calle 16 y se dio cuenta que la tragedia era mayor de lo que pensaba, el hotel Regina y el hotel Granada, (hoy en día el Banco de la República y el edificio Avianca ardían, y en los parqueaderos de la Gobernación de Cundinamarca en los que se encontraban los carros que habían prestado los concesionarios para la Convención Panamericana, también ardían.
El aguacero continuaba, parecía como si el cielo llorara por lo que había sucedido, Álvaro se ubicó en el edificio Córdoba, en una farmacia, allí tenían una radio que estaba informando que habían matado a Laureano Gómez y que lo habían colgado en la Plaza de Bolívar, todo era mentira , pero estas noticias alarmaban mucho más a la población.
Eran las siete de la noche, sus padres estaban preocupados, pues al igual que un primo lejano, era tarde y no había aparecido en todo el día, además la radio transmitía pésimas noticias. Ese día nadie se acostó, pues los informes radiales los tenía reunidos en torno al desarrollo de la situación. La casa de Álvaro había sido baleada, pues Bonifacio era un conocido conservador, el carnicero del barrio huyó el domingo por la mañana, pues el día anterior había dicho que en su carnicería había carne de cerdo, de res y de Gaitán, tuvo que pagar con el exilio sus palabras, la comida comenzó a escasear, así que Álvaro tuvo que acompañar a su padre a donde un amigo que tenía un granero y era uno de los pocos que aún tenía comida para vender.
Esa semana transcurrió silenciosa, guardando el luto de aquellos que murieron ese día fatal, el martes Álvaro volvió al centro y sólo vio desolación, soledad y desastre, pero además pudo averiguar qué en el cementerio central podría encontrar su primo, pues había cadáveres aglutinados allí. Así que el miércoles fue con su tío y buscó entre las pilas de cuerpos hasta que dio con el de Manuel Martínez, su primo.
Tiempo después se supo, que Manuel Martínez, que trabajaba en el ferrocarril, había salido gritando ¡fin del partido conservador!, y que por esto había recibido un disparo a la altura del pecho, propiciado por una carabina que le habría destrozado el cuerpo.
Finalmente y dos semanas después, la situación comenzó a volver a su estado normal, aunque nunca se podrán borrar las huellas que el Bogotazo le dejó al país, Hoy Álvaro a sus 76 años recuerda con lujo de detalles lo ocurrido ese día.



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